En la Barra Mexicana, Colegio de Abogados, di una plática titulada “IA y Derecho: Constelaciones Regulatorias”. El punto de partida fue algo que puede parecer frívolo: el zodiaco. No para predecir el futuro incierto de la regulación, sino como herramienta mnemotécnica para describir los distintos enfoques que existen en el mundo frente a la inteligencia artificial. Cada región tiene su constelación regulatoria: su lógica interna, sus prioridades, sus miedos.
Fue útil, porque en cuanto empiezas a cartografiar los enfoques, algo se vuelve evidente: no todos están respondiendo al mismo problema, ni con los mismos instrumentos.
La idea que estaba al centro
Detrás del esquema mnemotécnico había una tesis más densa: la IA no necesita un nuevo derecho.
Lo que necesita son instituciones más fuertes. Principios jurídicos bien aplicados. Y una mirada crítica que proteja tanto del solucionismo normativo como del colonialismo regulatorio.
El solucionismo normativo es la ilusión de que crear una ley resuelve un problema. El colonialismo regulatorio es la tendencia a importar marcos de otras jurisdicciones sin preguntarse si responden a las realidades locales. Ambas son trampas en las que el debate sobre IA y derecho cae con una frecuencia que ya no sorprende.
Lo que falla no suele ser la ausencia de norma. Suele ser la ausencia de instituciones con capacidad técnica para entender lo que regulan, y de juristas dispuestos a aplicar con rigor los principios que ya existen.
La antifragilidad como horizonte
El otro eje de la charla fue Nassim Taleb y su noción de antifragilidad: la propiedad de los sistemas que no solo resisten el caos, sino que se fortalecen con él.
La IA no debería ser un pretexto para debilitar el derecho. Debería ser una oportunidad para reafirmar que el derecho es antifrágil: que sus principios fundamentales son suficientemente robustos para absorber disrupciones tecnológicas sin necesidad de ser rehecho desde cero en cada ciclo de innovación.
Eso requiere juristas que entiendan la tecnología. Requiere instituciones que puedan hacer las preguntas correctas. Y requiere resistir la presión de producir normas cuya utilidad principal sea simbólica.
El tablero regulatorio ya está trazado. La pregunta no es si necesitamos más constelaciones, sino si sabemos leerlas.